Cuando el clima tensiona la logística: el desafío de Chile para construir cadenas más resilientes

La profesora Lorena Bearzotti, de la Escuela de Ingeniería de Construcción y Transporte de la PUCV, advierte que Chile tiene una alta capacidad de reacción frente a emergencias, pero aún debe avanzar hacia una resiliencia logística más estructural, tecnológica e integrada.
Esto es parte de las dicusiones que podras encontrar en el Congreso de Logística Logired 2026.

El reciente sistema frontal que afectó a gran parte del país volvió a poner una pregunta urgente sobre la mesa: ¿qué ocurre con la logística chilena cuando un evento climático tensiona al mismo tiempo rutas, puertos, aeropuertos y cadenas de abastecimiento?

Entre el 13 y el 21 de julio, el Gobierno declaró emergencia preventiva en diez regiones, desde Atacama hasta Los Ríos, ante un evento meteorológico marcado por lluvias intensas, vientos, nevadas y marejadas. Más allá de la emergencia inmediata, el episodio abrió una conversación de fondo sobre infraestructura, coordinación, tecnología y capacidad de anticipación.

Para Lorena Bearzotti, profesora de la Escuela de Ingeniería de Construcción y Transporte de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, Chile ha demostrado una capacidad importante para reaccionar. Pero esa respuesta, advierte, no debe confundirse con resiliencia.

“Chile tiene una capacidad de reacción admirable. Cuando ocurre una emergencia, el sistema logístico se mueve rápido, las personas se coordinan y, en general, la operación logra salir adelante. Sin embargo, muchas veces confundimos esa capacidad de reacción con resiliencia, y no son lo mismo”.

Un país largo, con puntos críticos

La geografía chilena impone un desafío estructural. El país depende de corredores estratégicos que, cuando se interrumpen, pueden afectar no solo el transporte, sino también el comercio exterior, la distribución regional, los costos empresariales y el acceso a bienes esenciales.

Bearzotti lo resume con ejemplos concretos: si se corta la Ruta 5, el país queda prácticamente dividido; si se cierra el paso Los Libertadores, se afectan cadenas de importación y exportación; si las marejadas obligan a detener operaciones en Valparaíso o San Antonio, el movimiento portuario también se resiente.

El problema, explica, es que muchas de esas zonas críticas no cuentan con alternativas inmediatas ni suficientemente planificadas.

“Chile está preparado para mitigar impactos de corto plazo, de 24 o 48 horas, pero todavía falta una preparación estructural con enfoque predictivo de riesgo, redundancia de infraestructura e intermodalidad real”.

La académica plantea que los eventos climáticos que antes podían parecer excepcionales están comenzando a instalarse como una nueva normalidad. Por eso, el desafío no es solo responder bien a una emergencia puntual, sino diseñar sistemas capaces de sostener disrupciones más largas, repetitivas y de mayor impacto.

Lo que no se ve cuando se detiene la carga

Cuando un sistema frontal interrumpe la operación logística, la imagen visible suele ser conocida: barcos esperando, puertos cerrados, camiones detenidos o filas en pasos fronterizos. Pero bajo esa superficie aparecen impactos menos evidentes y, muchas veces, más profundos.

Uno de ellos es el efecto dominó sobre pequeñas y medianas empresas. No todas tienen capacidad financiera para absorber días de espera, sobrecostos de combustible, almacenamiento adicional o penalizaciones por entregas tardías.

También hay sectores especialmente sensibles, como la agroexportación o la acuicultura del sur, donde la cadena de frío es crítica. Si una carga de fruta o salmón no llega a tiempo al puerto o al aeropuerto, pierde vida útil, afecta su calidad y puede dañar incluso la reputación internacional de Chile como proveedor.

A eso se suman costos ocultos: sobreestadías en terminales, multas por contenedores retenidos, congestión en antepuertos y extraportuarios. Todos esos elementos encarecen el costo total de la carga y, finalmente, pueden terminar traspasándose al consumidor.

En zonas extremas o de difícil acceso, la interrupción puede adquirir una dimensión territorial más sensible. El corte de una ruta o la cancelación de un ferry puede generar desabastecimiento y sobreprecios en productos de primera necesidad, profundizando brechas de equidad.

Redundancia, intermodalidad y gobernanza

Para avanzar hacia una logística más resiliente, integrada y capaz de anticiparse, Bearzotti identifica tres brechas principales: infraestructura redundante, intermodalidad real y coordinación público-privada.

Hoy, el transporte de carga en Chile depende fuertemente de la carretera. Por eso, sostiene, es indispensable fortalecer el transporte ferroviario, mejorar infraestructura existente y potenciar el cabotaje marítimo como una forma de conectar mejor los territorios y sus puertos.

La conversación sobre el paso Los Libertadores, por ejemplo, no debería limitarse a cómo reabrirlo cada vez que se cierra, sino también a evaluar corredores alternativos, pasos a menor altura o rutas complementarias en otras zonas del país.

“La resiliencia logística no puede depender solo del Estado ni solo de los privados. Requiere integrar a ministerios, Aduanas, Directemar, municipios, empresas y actores territoriales”.

Para la académica, Chile necesita atribuciones claras y una coordinación que permita gestionar riesgos de manera conjunta, superando esfuerzos atomizados o respuestas aisladas.

Tecnología para anticipar, no solo reaccionar

En contextos de emergencia, la innovación deja de ser un concepto abstracto. La pregunta se vuelve concreta: qué tecnologías, datos y modelos de coordinación permiten anticipar una interrupción y responder mejor.

Bearzotti apunta a una idea central: los datos existen, las tecnologías también; el desafío es convertirlos en sistemas capaces de apoyar decisiones.

Entre las herramientas que podrían marcar diferencia menciona los gemelos digitales, que permiten representar virtualmente un sistema logístico y simular escenarios. Con ellos, por ejemplo, se podría modelar el impacto de un evento climático durante horas, días o semanas, y evaluar respuestas como reorientar flujos de carga o modificar accesos a puertos antes de que las vías colapsen.

También destaca los sistemas de monitoreo oceanográfico avanzado. Sensores y tecnologías en muelle pueden ayudar a comprender mejor las condiciones marítimas, ampliar ventanas seguras de operación y tomar decisiones con información más precisa frente a marejadas.

Otro elemento clave es la interoperabilidad logística. Terminales, navieras, transportistas, aduanas y otros actores necesitan compartir información en tiempo real para evitar colapsos, activar zonas de respaldo o usar antepuertos como pulmones que regulen la llegada y retiro de carga.

“Los datos deben gestionarse inteligentemente para construir modelos de riesgo capaces de predecir escenarios y también prescribir respuestas”.

La académica subraya que estas capacidades no sirven únicamente para emergencias climáticas. También pueden ayudar a enfrentar riesgos económicos, sociales u operacionales que vuelven vulnerable a toda la cadena logística.

Logística 5.0: innovación con las personas al centro

Estas conversaciones serán parte del Congreso Internacional “Desafíos de la Logística Portuaria: La innovación para la transformación 5.0”, que se realizará en agosto y que busca abrir un espacio de diálogo entre academia, industria, empresas, emprendedores, autoridades y comunidades.

Para Bearzotti, hablar de logística portuaria no significa hablar solo de puertos. Significa mirar una cadena completa, donde participan múltiples actores y donde las decisiones impactan directamente en territorios, empresas y personas.

El concepto de logística 5.0 apunta precisamente a esa mirada: sistemas resilientes, inteligentes y sostenibles, pero centrados en el ser humano.

“Un sistema logístico 5.0 debe ser resiliente, inteligente y sostenible, pero con una condición esencial: debe estar centrado en las personas. Los cambios son hechos por humanos, para humanos, y afectan la vida de otras personas”.

En un país donde la logística conecta puertos, carreteras, pasos fronterizos, aeropuertos, regiones productivas y mercados internacionales, el debate ya no es solo técnico. Es también económico, territorial y social.

El reciente sistema frontal dejó una señal clara: la capacidad de reacción es valiosa, pero el futuro exigirá algo más profundo. Chile deberá diseñar cadenas logísticas capaces de anticiparse, adaptarse y sostenerse frente a un escenario donde la disrupción climática ya no parece una excepción.

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