Otra vez, la incertidumbre. En las últimas semanas, han vuelto los anuncios de aranceles -impuestos adicionales a las importaciones- por parte de Estados Unidos, esta vez dirigidos con mayor agresividad hacia productos estratégicos, desde baterías hasta textiles, y afectando especialmente a países como China y México. En nuestro caso, uno de los productos más impactados es, ni más ni menos, el cobre, motor de nuestras exportaciones y sostén de buena parte del PIB.
Pero antes de alarmarnos o celebrar, vale la pena hacerse una pregunta básica: ¿qué es realmente un impuesto? Y aún más importante, ¿son buenos o malos? Para ser lo más justos posibles, mostraremos el consenso que existe respecto de su existencia y utilidad y luego intentaremos responder estas preguntas:
Adam Smith, en su célebre La Riqueza de las Naciones, escribió que una sociedad próspera debía fundarse en «paz, impuestos moderados y una administración eficiente de justicia». La clave aquí no es evitar impuestos, sino entender su lógica, eficiencia y coherencia. Más recientemente, Thomas Piketty, en su investigación recopilada en El Capital en el Siglo XXI, nos ha recordado que los impuestos no son sólo herramientas de recaudación, sino también de redistribución y corrección de desigualdades estructurales.
Entonces, ¿cómo lo definimos de la forma más sencilla posible? Usaremos un concepto deportivo: un impuesto es como una entrada obligatoria que todos debemos pagar para jugar en la cancha de la economía formal. Esa entrada sirve para que existan cosas que solos no podríamos sostener o, simplemente, no querríamos financiar de otra forma, por múltiples razones -desde la legítima negación hasta la lenta amortización percibida por su uso en el largo plazo-: calles, hospitales, semáforos, bomberos o incluso reglas claras (Gobernabilidad, instituciones sólidas) de juego.
Hasta ahí, todo suena razonable. Pero el problema aparece cuando el impuesto se usa no para financiar el bien común, sino para distorsionar el comercio, cerrarse al mundo o proteger sectores completos de manera artificial. En ese caso, lo que se busca corregir puede convertirse en una nueva falla, con consecuencias micro y macroeconómicas relevantes.
Tomemos el ejemplo clásico de los cigarrillos: se les grava con un impuesto alto porque generan un efecto negativo en la salud pública. Sin embargo, como la gente sigue fumando pese al precio (porque son poco sensibles a la variación), el impuesto no corrige la conducta, solo recauda. Por el contrario, otros impuestos como las contribuciones territoriales son técnicamente más eficaces: como dice el académico Claudio Agostini, son difíciles de evadir, progresivos y distorsionan poco.
Entonces, ¿qué pasa cuando se impone un arancel a un producto extranjero para proteger la industria nacional? En el papel, se busca encarecer la importación para incentivar el consumo de lo local. Pero en la práctica, lo que ocurre es un remezón completo en la cadena de valor.
Imaginemos ahora a Francisca, una emprendedora que monta su tienda online de ropa deportiva. Trabaja directamente con una fábrica de A-landia, país con textiles de buena calidad y precios competitivos. Hasta ahora, comprar una chaqueta le costaba USD 100, y con eso lograba venderla a USD 140 en su país, B-landia, con un margen del 40% tras pagar transporte, impuestos y otros costos.
Pero un día, el presidente de A-landia -digamos, Pepito- decide aplicar un arancel del 20% a la exportación de textiles, buscando «fortalecer la industria nacional». Resultado: el costo de esa misma chaqueta se eleva a USD 120 para Francisca. Ella tiene dos opciones:
- Absorber el costo, sacrificando parte de su margen y, probablemente, su viabilidad como emprendedora.
- Transferirlo al cliente final, vendiéndola a USD 160… con el riesgo de que nadie la compre.
¿Quién paga, entonces, el impuesto? ¿Francisca? ¿Su cliente? ¿Ambos?
Todo depende de cuánto estemos dispuestos a pagar por esa chaqueta. Si la demanda es sensible al precio (como suele ser en el vestuario), el cliente probablemente no pagará el nuevo valor, y Francisca perderá ventas. Pero si hablamos de un producto esencial o altamente especializado -como ciertos productos derivados del cobre usados en semiconductores-, puede que el cliente no tenga alternativa. Y aquí está el punto central: cuando los aranceles distorsionan la cadena productiva global, los efectos se sienten, sobre todo, en el último eslabón: es decir, el consumidor. ¿Se logra entonces el objetivo de fortalecer la producción nacional? En algunos casos, puede haber una leve reactivación industrial. Pero como lo dijo el exministro Ignacio Briones: «El proteccionismo es nefasto y contrario a la libertad económica, venga de un gobierno de izquierda o de uno de derecha.»
Quizá una pregunta más oportuna entonces, ¿existe otra solución? Pues sí. Invertir una parte de los ingresos en actividades de innovación -ya sea en diseño, logística, empaques, atención postventa o personalización- permite optimizar procesos y reducir costos sin necesariamente comprometer calidad. Pero también abre una oportunidad más profunda: construir diferenciación más allá del producto.
Cuando una empresa logra destacarse no solo por lo que vende, sino por cómo lo entrega, cómo lo comunica y qué experiencia genera, puede aumentar el valor percibido por el cliente. Y con ello, elevar su disposición a pagar incluso en contextos de precios más altos. En otras palabras, transformar una restricción en una oportunidad de generar más valor por cada unidad vendida.
Esto no significa romantizar la adversidad, sino reconocer que las redes estratégicas, la colaboración entre actores diversos y la innovación aplicada permiten que muchos negocios -sobre todo en economías abiertas como la nuestra- enfrenten escenarios complejos con más herramientas que la simple resignación o la dependencia estatal.
En resumen: los aranceles, impuestos o cualquier mecanismo de cierre comercial pueden sonar a jugadas audaces desde el discurso político. Pero para quien emprende, invierte, innova o simplemente intenta competir en un mercado global, la realidad es más dura. No se trata de buenos o malos. Se trata de coherencia, eficiencia y, sobre todo, de saber quién termina pagando la cuenta.
Felipe Torres Vyhmeister
Consultor en estrategia de La Quinta Consultores


