Hablar de incertidumbre en los tiempos actuales sin duda es algo que nos abruma ante el contexto que nos encontramos vivenciando y sintiendo de manera más latente que nunca, no solo en el ámbito personal, sino también en lo que respecta al sistema económico, social y político mundial.
Las incertezas son algo que nos persiguen toda la vida, y que en los tiempos tan líquidos como los actuales es algo que sin duda debemos aceptar y aprender a convivir con ello, pero más que aceptarlo con pasividad, debemos aprovechar lo que nos puede entregar.
Hace un par de días estaba escuchando a Dávila y Maturana en su exposición “El arte de generar equipos y procesos en el bienestar desde la perspectiva de los “Potenciadores de la Colaboración”, en donde se referían a algunos de sus temas de estudios entre ellos las emociones, el cuestionamiento constante y la pérdida del candor.
De las enseñanzas de Maturana y Dávila, se desprende que mucho de lo que hacemos lo hacemos desde la emoción, el asunto es que cuando aspiramos a las certezas, la emoción que nos domina es la exigencia, y cuando exigimos al otro, buscamos que este se entregue a nuestros deseos, sin escuchar ni ver lo que el otro desea, y esto a la larga nos genera resentimiento por no lograr “ser vistos” por el otro.
Junto con esto se expone sobre la pérdida de la inocencia y candor que sufrimos en el tránsito a la adultez, la que nos lleva a dejar de hacer preguntas y al mismo tiempo a dejar de sorprendernos con las respuestas. Esto se profundiza con el cambio de prioridades que nos entrega la cultura de la competencia, la cual nos llevar a una búsqueda constante del ganar y del éxito, lo que en palabras de Maturana se traduce como la negación del otro.
Sin embargo, las incertezas a las que nos vemos expuestos las podemos aprovechar como una oportunidad, ya que en un mundo que se mueve de manera acelerada podemos hacer uso de éstas en sentido opuesto a la angustia. Puede ser el motor para forzarnos a mirar el mundo con inocencia, nos puede servir para orientarnos hacia la creatividad y la innovación, esa habilidad tan buscada en el mundo del emprendimiento y que su enseñanza mueve toda una industria, pero que parece ser una habilidad tan simple como recuperar nuestra inocencia y candor, dejar de anhelar las certidumbres y gozar la incertidumbre para abrirnos a la creación, la resolución de problemas y de desafíos sociales.
Por otro lado, así como la esencia de la niñez y el candor de ésta, es que no nacemos compitiendo, y no podemos construir innovación social de la mano de la competencia, debe hacerse de la mano de la inocencia, de la humildad, de la cooperación y colaboración. No podemos empujar cambios sociales con exceso de control y competencia. Debemos recuperar el candor, la inocencia y construir desde la confianza y la escucha del otro un nuevo presente más empático y mejor para todos.
Aprovechar la incerteza para dejar fluir nuestra curiosidad, y aunque los desafíos sociales de este siglo parezcan demasiado grandes, siempre habrán algunos locos que seguimos pensando que podemos lograrlo.


