Por Paulina Santander Astorga
Dra. (c) en Psicología, Pontifica Universidad Católica de Valparaíso
Profesora Departamento de Industrias UTFSMEsta columna fue destacada en el espacio editorial de la séptima revista La Quinta Emprende «Mujeres que lideran»
En la última década, Chile se ha convertido en país de emprendedores y emprendedoras. Las cifras nos muestran que el interés por liderar un negocio propio ha crecido considerablemente, instalándonos entre los países con mayor índice de emprendimiento latinoamericano.
Este fenómeno ha sido impulsado principalmente por políticas públicas gubernamentales, que han hecho eco a políticas y demandas internacionales dirigidas a promover el empleo por cuenta propia y la generación de nuevas empresas bajo el argumento del desarrollo económico al país, y de paso, la disminución de las cifras de desempleo.
Este llamado a emprender, ha sido fuertemente promovido desde un discurso dirigido enérgicamente a las mujeres, muchas de las cuales han apostado por levantar sus negocios desde diferentes escenarios que van, desde mujeres con alta formación, capacidad de innovación y liderazgo, hasta mujeres en situación de pobreza y sin educación formal en el ámbito de los negocios.
En medio de un escenario de pisos desiguales en un país altamente segregado, es de esperar que también estas diferencias se trasladen a los ecosistemas emprendedores, mostrando diferencias abismantes entre la posibilidad que tiene la “emprendedora A” frente a la “emprendedora B”. “¡Querer es poder!” dicen quienes promueven mayores cifras de emprendimiento, mientras muestran algunos casos de mujeres emprendedoras exitosas, pero ¿Realmente la mayoría logra un emprendimiento sostenible y exitoso en el tiempo si se lo propone? Suena maravilloso, pero la verdad es que pienso que al menos no aplica de forma masiva para nuestra realidad nacional. ¿Son estas mujeres emprendedoras exitosas una muestra representativa de todas las que apuestan por el sueño, o más bien, la excepción a la regla?, ¿Todas pueden emprender garantizando además calidad de vida y bienestar cuando en el caso de la mujer, además se debe conciliar con las labores del hogar?, es más ¿Todas deseaban emprender?, ¿O el emprendimiento, simplemente fue la opción que fue quedando como única alternativa posible tras la imposibilidad de conciliar el trabajo doméstico con un trabajo dependiente?
En un país tan desigual, la verdad es que no todas pueden por igual y algunos techos son más bajos que otros, lo cual se exacerba si hablamos de mujeres, pues representan aún un grupo desfavorecido en términos económicos, legales, etc. Generar una consigna única de que todas puedan convertirse en emprendedoras por igual, puede mostrar a veces falta de solidaridad, reflexión y empatía por las que nacieron en desventaja y poco entienden de modelos de negocios. Puede generar frustración en quienes no logran este standard y no pueden levantarse del fracaso emprendedor con tanta facilidad. Entonces, es preciso tomarse con cautela los discursos prometedores, y con mayor responsabilidad, los programas y políticas de emprendimiento dirigidas a mujeres.

No podemos discutir el emprendimiento desarrollado por mujeres, desde fuera de un enfoque de género que observe y articule de forma crítica este fenómeno. Mucho menos pensarlo separado de la discusión en materia laboral, pues el emprendimiento no es algo que se hace por deporte, es para la mayoría la alternativa más viable que han vislumbrado en el camino que recorren y que les permite poder seguir asistiendo a reuniones de apoderados y generar ingresos.
Y tal vez siendo justa, este planteamiento de desigualdad de pisos es transversal entre hombres y mujeres, pero hay que sumarle además a la acción emprendedora de una mujer, el factor del rol protagónico que esta tiene en el cuidado familiar, que, por cierto, no ha sido elegido, sino asignado social y culturalmente. En este espacio laboral áspero generado por los múltiples efectos y consecuencias de la denominada división sexual del trabajo, propia de una sociedad patriarcal, la desventaja es un denominador común entre mujeres, independiente de su nivel socioeconómico.
Las acciones gubernamentales y no gubernamentales que impulsan el emprendimiento, si es que efectivamente persiguen el bienestar económico, social, subjetivo y familiar de quienes emprenden, deben incorporar dentro de sus propuestas de impulso al emprendimiento un enfoque crítico e interdisciplinario de las diferentes dimensiones que afectan a las mujeres. Más que mal, no se es emprendedora a tiempo parcial sino a tiempo completo. No es posible pensar entonces, una política pública de emprendimiento dirigidas a mujeres sin considerar la brecha social, la brecha económica, la brecha de género y tantas otras distancias que finalmente terminan cargando en los hombros de las emprendedoras, el peso de hacer tarea doble en este espacio aún masculinizado como es el mundo de los negocios.
Si bien el emprendimiento se ha instalado como una muy buena alternativa de vida para muchas, también es necesario un análisis crítico del fenómeno, entendiendo que además se ha trasformado en un dispositivo gubernamental útil para disminuir las estadísticas de desempleo. Siendo muchos de estos empleos por cuenta propia o emprendimientos, altamente precarizados desde la lógica del trabajo.
El llamado a las mujeres a emprender, por lo tanto, creo debe ser un llamado responsable y solidario, con miras a un bienestar integral de éstas y del entorno al cual afecta este emprendimiento, basado en políticas públicas y leyes que visibilicen y se hagan cargo de las desigualdades existentes entre mujeres que emprenden y hombres que emprenden.
No olvidar que todavía, una mujer que emprende y solicita un crédito bancario, debe llevar un certificado notarial de soltería al banco para iniciar un proceso en el marco de su emprendimiento y un hombre no; todavía, una mujer que emprende debe tratar de conciliar entre su negocio y las labores del hogar imposibles de delegar a veces; todavía, una mujer que emprende debe a veces aclarar que ella es la dueña del negocio y no la esposa del dueño, como a veces se cree. No olvidar que todavía, existen mujeres que no hacen crecer su negocio para no opacar al marido y que este no se sienta vulnerado económicamente (porque se entiende que “un hombre debe ganar más y llevar las riendas”). No olvidar que todavía, muchas mujeres se convierten en emprendedoras porque son empujadas a hacerlo, porque necesitan vivir de algo, en un sistema que a pesar de sus avances no se ha hecho cargo completamente de las complejidades que una mujer enfrenta ante la maternidad, los efectos de una salud privada más cara y las pocas posibilidades de un trabajo dependiente flexible a sus demás labores.
Hay miles de relatos grandiosos de mujeres que han emprendido y es fantástico conocer sus historias y ¡nos da alegría inmensa cuando triunfan!, pero no nos olvidemos de las que no lo logran, hagámonos cargo y trataremos de entender desde las diferencias que nos aquejan. Y tampoco olvidemos la pesada mochila que a veces cargan incluso quienes si logran el éxito. Es tarea de los gobiernos y de todos quienes nos involucramos en esta materia desde diferentes posiciones, hacernos cargo de las nuevas formas de trabajo, como lo es el emprendimiento o trabajo por cuenta propia, a fin de brindar mayor bienestar, mejor calidad de vida y mayor justicia.
*Publicada en la edición #7 de la revista La Quinta Emprende, disponible en http://198.37.123.65/~laquinta/todas-las-revistas/


