Septiembre llegó con aroma a empanadas, anticuchos y parrilla. Pero también con una alerta silenciosa: el precio de la carne en Chile ha escalado con fuerza, duplicando el ritmo del IPC. Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la carne subió un 9,4% en los últimos doce meses, mientras que el IPC acumuló solo un 4,3%. Algunos cortes populares, como el asado de tira, han aumentado hasta un 46,2%, alcanzando los $16.490 por kilo en supermercados2.
La Oficina de Estudios y Políticas Agrarias (Odepa) confirma que prácticamente todos los cortes de vacuno han registrado alzas relevantes. La punta paleta subió 28,25% en carnicerías, el tapapecho 28,2%, y la plateada 25,21%4. Esta presión sobre los precios no es solo local: la FAO reporta que el índice global de carne alcanzó un récord en agosto, impulsado por la fuerte demanda de Estados Unidos y China, y una oferta mundial en retroceso.
Chile importa cerca del 65% de la carne que consume. Esta dependencia externa, sumada a la volatilidad climática en países exportadores como Brasil y Australia, ha generado un efecto dominó en los precios internos. A esto se suma un fenómeno menos visible: con el alza de los productos lácteos, muchos ganaderos optan por no sacrificar vacas, reduciendo aún más la oferta de carne3.
El impacto no es solo económico. En un país donde el asado es rito social y símbolo de identidad, el encarecimiento de la carne tensiona el presupuesto familiar y revela una fragilidad estructural: nuestra vulnerabilidad frente a shocks externos y la falta de políticas alimentarias que garanticen acceso equitativo a proteínas de calidad.
¿Es momento de repensar nuestra matriz alimentaria? ¿De fortalecer la producción local con criterios de sostenibilidad y resiliencia? El alza de la carne no es solo una noticia de mercado: es una invitación a mirar más allá del plato y preguntarnos qué modelo de consumo queremos sostener.
Por: Carolina Erices García, Ingeniero Comercial y académica de Universidad Técnica Federico Santa Maria.


