¿Cañones o mantequilla?: Decidir también es emprender

Una de las primeras cosas que escuchamos en las primeras clases de economía es esta pregunta o alguna de sus variantes. Las respuestas potenciales introducen a los compañeros de toda la vida: «recursos limitados para necesidades ilimitadas», «asignación eficiente de recursos» y un arsenal de frases que lucen bien en los libros.

Estos «recursos» limitados, los denominados «factores de producción», tienen que de alguna manera configurarse para producir cañones, mantequilla o decidir alguna combinación de ellos. El propósito es conseguir algo a cambio, por lo que la retribución (o la forma en la que vamos a «remunerar» a cada factor por hacer la pega) se presenta con una astuta clasificación dependiendo de cada uno de ellos: los recursos naturales -representados con la etiqueta del «factor de la tierra»- son remunerados a través de la «renta»; el esfuerzo físico o intelectual de las personas -con una etiqueta que no me gusta mucho, «el factor trabajo») es remunerado a través del salario; un tercer factor, que se podría derivar de una combinación de los dos primeros, corresponde a aquellos ítems que se han elaborado para producir otros bienes (el denominado «capital»), cuyo ingreso es el «interés». Si como sociedad ya he sido capaz de conseguir recursos y transformarlos con mi esfuerzo, parecen estar cubiertos todos los ingredientes para fundir cañones o batir leche y producir mantequilla.

El último factor es muy interesante, ya que es el menos «evidente» de todos (quizá porque no es físicamente observable) y que le da sentido a lo anterior: la capacidad y talento de organizar estos recursos, idear un plan, asumir riesgos e innovar. La etiqueta resulta, a mi parecer, insuficiente para interpretar este factor y es denominada «capacidad empresarial», la que es remunerada a través de una forma de ingreso denominada «beneficio» o «dividendo».

Una de las cosas que no me gustan de las etiquetas de este último factor está relacionada con la manera en la que concebimos, actualmente, estos conceptos. Primero, porque la capacidad se asocia más a las «habilidades técnicas» con las que este factor puede contar; pero sobrados casos hay donde personas muy capaces intentan emprender y no lo logran o, simple y legítimamente, deciden no utilizar dichas capacidades. En ese momento se vuelve importante esta suerte de disposición de ánimo, aquella mecha que nos lanza a superar lo que el psicólogo Daniel Kahneman y su colega Amos Tversky denominan la aversión al riesgo: emprender entonces resulta algo casi contraintuitivo al lanzarse sin garantías de éxito (¿qué vamos a considerar como éxito?) a un camino con más incertidumbres que certezas. En mi opinión, espíritu empresarial resulta más apropiado para denominar a este factor. En segundo lugar, ¿Qué es lo primero que pensamos cuando escuchamos o leemos la palabra «dividendo»? es probable que no se relacione con este factor productivo, sino que lo veamos más desde una lógica corporativa como el rendimiento de una participación de dicha organización. Aunque creo que existen mejores formar de nominar a esta remuneración, lo que importa es que esta determinación humana es algo que, si seguimos la lógica de la retribución por contribuir a «producir» algo, debe ser compensada.

Una consecuencia importante de esta idea es que en el momento en que definimos el precio de nuestro producto o servicio, debemos pensar en que parte de ese precio debe cubrir la remuneración asociada al espíritu emprendedor, además de las otras estructuras de costos habitualmente consideradas (como el de las materias primas, salarios, entre otros). El no hacerlo conduce a un camino difícil, que puede resultar confuso a la hora de hacer las cuentas y una ausencia de respuesta a la pregunta «¿dónde está mi ganancia?”, puede causar cierta frustración. De alguna manera, en algún momento, tenemos el deber con nuestro emprendedor interior de reconocer el mérito de la disciplina y el esfuerzo que nos ha llevado a esta apuesta.

El desafío es encontrar una manera inteligente de hacer esto, de incluir-se en el precio que el cliente paga: los efectos que podamos ir observando de esta capacidad de transformar recursos en valor mientras revisamos la estructura de costos para minimizar o mitigar efectos sobre el margen y no perder competitividad. Un equilibrio sutil pero necesario que es posible de alcanzar. El proceso de decidir qué haremos, sean cañones o mantequilla, es parte de la aventura de emprender.

Por: Felipe Torres Vyhmeister, consultor en estrategia de La Quinta Consultores 

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