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¿Yo? Me quedo en Valparaíso

VALPARAÍSO, EPICENTRO DE LA ESPERANZA NACIONAL

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Por María Cecilia Toledo, Directora Ejecutiva de la Fundación El Buen Puerto

De un tiempo a esta parte, el país entero ha sido testigo de cómo nuestro Puerto ha ido perdiendo, en un éxodo tan fulminante como entristecido, el último bastión de sus más aguerridos y emblemáticos habitantes: Dueños de históricos locales comerciales, de centros nocturnos que fueron la cara más tradicional de nuestra querida bohemia porteña, equipos humanos de empresas públicas y privadas ligadas a todos los rubros imaginables, incluso a aquellos netamente marítimos y a tantos otros porteños que han debido irse dejando atrás lo que hoy les duele, como duele el alejarse de un muy mal amor.

Con tristeza hemos sido testigos de esta huida casi colectiva, en la que algunos han debido declararse en quiebra, y otros, se han trasladado desde imponentes y bellísimos edificios patrimoniales, hacia un nuevo y foráneo espacio que por fin los libere de la inseguridad, el miedo, la violencia, los incendios diarios, el pesimismo, la incertidumbre y por sobre todo, la pena enorme de tener que contemplar impávidos cómo se va desmoronando, veloz e impunemente, lo que un día construyeron y defendieron a pulso después de décadas de sacrificio, de valentía quijotesca y de un amor incondicional por nuestra ciudad puerto.

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No los culpo.Quien no sea capaz de agradecer a todos quienes tuvieron que abandonar la ciudad después de años dando la pelea por mantener vivo y chispeante su más profundo sentido de pertenencia, es que no entiende el valor de su sacrificio, de su legado y, paradójicamente , el de su lamentable renuncia. Vaya para todos ellos mi más pleno agradecimiento. Quiero creer que su porfiado ejemplo de arraigo, coraje y finalmente, de obligada sensatez, será el buen viento que hinche nuevas velas rumbo al futuro que siempre soñaron para nuestro Valparaíso.

Dicho lo anterior, está claro que cualquiera podría echarle aún más carbón al fuego desde el flanco de las pendientes responsabilidades, los debilitantes e invalidantes descréditos que nos desmiembran a diario el alma y la ganas, entre fuegos cruzados por culpas como cartas al viento que vuelven siempre al remitente, mientras nuestro Puerto sigue esperando por esa tregua de unión ante la adversidad que pareciera nunca llegar.

Yo no lo haré. Sería más de lo mismo. Del pesimismo, jamás vendrá la luz al final del túnel.  

Valparaíso es cíclico, como el mar y sus mareas. La estela de una ola porteña es la cresta de la que viene y ni una ni la otra son mejores o peores. Su historia lo demuestra.  

Pero, no quiero adelantarme al verdadero objetivo de estas líneas. En columnas anteriores he escrito con optimismo superlativo sobre la existencia aún desmembrada y casi subterránea de una notable cantidad de nuevos emprendimientos de jóvenes, llenos de talento, fuerza, valentía y un natural sentido de pertenencia que emociona hasta las lágrimas. En paralelo, también he mencionado la patente falta de cohesión estratégica y generosa entre cerros plano y mar, situación que ciertamente no ayuda a fortalecer estos esfuerzos por encender nuevamente la luz de una esperanza real y colectiva. Qué decir del apabullante talento de nuestros artistas, desde hace tanto a la espera de un relato común, identitario y unificador que los convierta por fin en protagonistas y beneficiarnos directos, por derecho propio, de un nuevo foco turístico cultural porteño que dignifique su labor y su rol indispensable en la ilusionada construcción de una antigua y nueva belleza urbana. Mención aparte merecen los músicos, centro gravitante de la declaratoria de Valparaíso como ciudad creativa de la música por la Unesco y claves en la sanación emocional que tanto necesita nuestro abatido Puerto.

Si a todo lo anterior le sumamos la belleza de un paisaje único e irrepetible, poblado de emplazamientos arquitectónicas que reflejan la valiente colaboración entre migrantes y porteños que un día fueron capaces de unir sueños y desafíos comunes y, en fin, la aún viva capacidad de recuperación de porteños de tomo y lomo que mantienen, como en mi adorada Playa Ancha, lo más querible y verdadero de nuestra identidad, lista para ser puesta en valor y aprovechada en su máxima expresión turístico cultural… entonces y solo entonces, querido lector, comprenderemos que la posta de quienes partieron debe ser por fuerza la antorcha viva de quienes la tomemos. Será ciertamente desde su generoso y encomiable legado, que podremos transformar la desesperanza en valiosa oportunidad de cambio, más conscientes que nunca de nuestra historia y tomando muy en cuenta a las nuevas generaciones que esperan, con la ilusión y la garra propias de su juventud, el que quienes decidimos quedarnos en Valparaíso seamos capaces de reforzar y alimentar su sana intuición de que serán ellos la cresta de una nueva ola de emprendimiento, informada del pasado histórico del lugar que habitan, libre del yugo del actual pesimismo reinante, lleno de oportunidades provenientes de su ilimitada capacidad innovadora y capacidad de mirar, por fin, nuevamente hacia el mar.

Es por todo lo anterior que, como porteña y hoy Directora de una Fundación cuyo principal propósito y desafío es justamente el colaborar a dignificar la vida de cada uno de los habitantes de nuestro Puerto, desde la savia nueva de nuestros jóvenes y la experiencia de nuestros mayores, que decidí quedarme en Valparaíso. Junto a muchos otros, nos hemos propuesto unir fuerzas para ofrecer un faro amoroso, valiente y lleno de herramientas, listas para ser usadas por quien las necesite. Nuestro desafío es navegar juntos, rumbo al buen puerto que más temprano que tarde, estamos seguros que resurgirá desde lo mejor de nuestro pasado, con la plena conciencia de la necesidad del cambio que todos estamos llamados a forjar en el presente y con la fundada ilusión de un mejor futuro.

¿Yo? Me quedo en Valparaíso.

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