Cristóbal Iturriaga Vergara
Coordinador Innova UV
Universidad de Valparaíso
Hoy en día es cada vez más frecuente ver casas con aparatos inteligentes como asistentes de voz, televisores o incluso refrigeradores. Asimismo, los dispositivos pensados en el uso cotidiano también lo son. Además de nuestros celulares, existen accesorios como audífonos, zapatillas con chips inteligentes o smartwatches que poseen la capacidad de comunicarse con nuestros móviles, ayudándonos con algunas de nuestras tareas diarias. Pero los avances tecnológicos no sólo se quedan en los dispositivos físicos, el uso de herramientas virtuales y de redes sociales también van en aumento.
Todos sabemos que la tecnología está aquí para ayudar, o eso es lo que se cree. Hoy estamos llegando a un punto en que ya no sabemos si la tecnología sirve a las personas o si ellas sirven a la tecnología. Es cierto que nos brinda herramientas para solucionar nuestros problemas, no obstante, los aparatos tecnológicos “demandan” nuestro tiempo cada vez con mayor frecuencia. Es cosa de pensar en la cantidad de notificaciones que nos llegan durante un día, haciendo que estemos constantemente pendientes de nuestro teléfono, lo que genera una dependencia de nuestros dispositivos. Seamos realistas, salir sin celular de nuestras casas es casi como salir desnudos.
La peor de sus caras…
Esto quizás puede sonar alarmista, pero es cierto, el problema está en que nos están controlando por medio de la tecnología; lo que hacemos mientras estamos en Internet, el tiempo que usamos nuestros dispositivos, lo que nos gusta e incluso lo que conversamos a la hora de almuerzo, son parte de los datos que son captados por nuestros teléfonos, aplicaciones u otros dispositivos que utilizamos.
Hoy esos datos se han transformado en un activo altamente demandado. No es coincidencia que las redes sociales, por ejemplo, nos muestren fotos que nos gustan, nos vinculen con personas de nuestro mismo pensamiento o publiciten productos que nos interesan. Todo es parte de algoritmos que entienden cómo pensamos y buscan adelantarse a lo que haremos, generando en las personas una demanda.
Lo anterior es motivo suficiente para que nuestra privacidad como usuarios sea prioridad. Las grandes empresas tecnológicas deben ser las principales responsables en incorporar límites éticos en sus desarrollos. Sin embargo, es necesario que los países, principalmente aquellos considerados como potencias en desarrollo tecnológico, establezcan marcos legales e incentivos en pos de la privacidad de los usuarios.
Como usuarios de tecnología, nuestro rol está en saber qué accesos entregamos. Sin duda, nadie compra un objeto que podría poseer un micrófono que envía lo que se habla a un desconocido, pero paradójicamente descargamos aplicaciones dando acceso a nuestros datos y aceptando políticas sin siquiera leerlas. La tecnología no es mala cuando se utiliza como una herramienta, pero es fácil traspasar la línea de ser usuarios a ser el producto.


