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Opinión: Buenas prácticas COVID-19 y el proceso creativo

Tomas Katz

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Tomás Katz Harrison
Integrante de la Comisión de Innovación – Asiva
Ejecutivo de Transferencia Tecnológica en DITEC UV
Tomas.katz@uv.cl


Desde comienzos de este siglo venimos escuchando conceptos como “atomización o democratización tecnológica”, que por definición supone una mayor cobertura de herramientas tecnológicas (software-hardware) hacia el usuario. Principalmente, porque existe un aumento en la producción asociado a la incorporación de nuevos materiales y optimización de procesos productivos, lo que trae consigo generación de economías de escala por parte de las empresas y que se traduce en una baja considerable del precio.

El usuario que siempre quiso “estar dentro del galpón” para crear nuevas formas y materialidades, ahora puede hacerlo desde su pieza, con un computador conectado a distintos dispositivos de fabricación digital. En este punto, me atrevo a decir que nos encontramos en el proceso creativo de experimentación: un momento de prueba y error, de iteración a bajo costo y, en definitiva, un espacio de creación que es difícil poder llevar a cabo en un contexto de cotidianidad laboral.

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Pero al mismo tiempo que se está generando una mayor cobertura tecnológica, la estructura económica y sociopolítica en donde nos relacionamos es rígida y es lenta de cambiar, por lo que todos estos nuevos “emprendedores 2.0” no tienen una estructura formal para poder levantar sus proyectos, y la vertiginosidad del día a día, sumado a la necesidad de generar utilidades mes a mes, lleva a que la gran mayoría de las ideas, y sobre todo los procesos creativos de experimentación, queden rezagados.

La pandemia – y casi con seguridad los desastres naturales a futuro por efectos del cambio climático- nos ha obligado a encontrarnos con la esencia básica de colaboración entre las personas para poder generar respuestas frente al virus, es decir, el emprendedor atomizado tecnológicamente que tiene una pequeña o mediana empresa ya no se ve solo, sino ya puede visualizar una necesidad latente y levantar una demanda por parte de instituciones gubernamentales y privadas que requieren de productos y servicios especiales debido al contexto. Es por eso, que ya desde a mediados de marzo, se han producido diversas soluciones desde el mundo de la fabricación digital en Chile como la creación de ventiladores mecánicos y cánulas nasales de alto flujo “made in Chile”, protectores faciales de bajo costo, mascarillas personalizadas para distintos profesionales de la salud, mascarillas reutilizables por su materialidad (desechos y polímeros inocuos), cámaras aislantes, cámaras con rayos ultravioleta para higienización, entre otros. Y, además, soluciones post COVID-19, que tienen relación con estructuras y dispositivos que nos ayudarán a volver a la cotidianidad con mejores resguardos de distanciamiento social.

Todas esas soluciones han sido factibles porque, primero, se han destinado los recursos por parte del Gobierno o empresas privadas para financiar los proyectos y segundo (y más importante), porque existe un problema real que nos afecta a todos como seres humanos y nos hemos visto en la situación de tener que COOPERAR en vez de COMPETIR para mejorar nuestra situación de vida considerando como vivíamos hace 3 meses atrás. En cada región y ciudad, se han ido levantando pequeños ecosistemas locales, esta pueda tener voz y voto.

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