Por Carlos Silva Ponce
Coordinador de la Comisión de Innovación de ASIVA
En el ámbito de la acción humana, por períodos se producen fenómenos que caracterizan una época para una determinada población. Algunos de estos fenómenos toman la forma de conceptos que se hacen primero recurrentes, luego dominantes y finalmente inobjetables, de tal modo que no adoptarlos se considera un error. Teoría de Sistemas, Calidad Total, Reingeniería, Orientación al Cliente y Emprendimiento se cuentan entre los más recientes, todos dejando una traza de su tiempo preeminente en la concepción del trabajo en organizaciones, para el caso que nos ocupa.
Otro concepto, Innovación, vive por estos días un poderoso esplendor. Múltiples versiones de él -con sus matices- proliferan entre sus promotores. ¿Quién osaría manifestarse en desacuerdo con que la Innovación es necesaria para el sano desarrollo de una organización? Como puede entreverse, el grado de penetración del concepto alcanza el nivel de inobjetable.

No obstante lo anterior, cabe preguntarse por el alcance de este concepto del nuevo credo. ¿Todo habrá de ser objeto de innovación? ¿Es la Innovación una salida para la resolución a cualquier problema? ¿No será preferible conservar a innovar algunas veces?
Existen múltiples demostraciones de que la Naturaleza favorece el equilibrio, en sus múltiples formas. Y estos equilibrios se sostienen durante un período variable, para concluir en estados de desequilibrio, crisis de la que nace un nuevo equilibrio, renovado y mejor. Sin embargo, del mismo modo pudiera afirmarse que la Naturaleza favorece los desequilibrios, pues siempre se asegura de que sucedan, vía de búsqueda de la nueva estabilidad del sistema. Bien, esta dualidad parece permanente.
Básicamente el guión funciona así: un organismo mantiene un determinado stock de características que le permiten cierta potencialidad, en un espacio de sano equilibrio con su medio, tal que le permite afirmar su sostenibilidad. Sin embargo, las condiciones del medio cambian, lo suficiente como para que tal sostenibilidad se ponga en peligro. Ante esto, el organismo muta, no completamente, sino en aquello que puede y que a la vez le permita reequilibrarse con el medio y recuperar su sostenibilidad. Innovar es un modo de mutar.
Entonces para una organización adoptar la Innovación es preguntarse acerca de qué conservar y qué mutar. Preguntarse acerca de las propias características que han caído en desgracia y que en el nuevo hábitat funcionan como un lastre o como un riesgo. Éstas parecerían las inmediatas candidatas a mutar, a ser objeto de Innovación o eliminación. Asimismo, entre aquellas que el análisis ha decidido conservar -por el aporte que hacen en potencia y ventaja- también se encontrarán mutaciones probables, innovaciones sustentadas desde lo mejor de esa organización.
Por eso las organizaciones que asientan la Innovación meramente en una oficina burocrática que lleva su nombre, o que desprecian los espacios de colaboración y trabajo compartido, ponen en riesgo mayor su permanencia en momentos en que los cada vez más veloces cambios en el medio ambiente hacen urgente la pregunta por la Innovación.
Porque la Innovación es por sobre todo una pregunta: la pregunta acerca de qué vamos a conservar y qué vamos a mutar para poder seguir teniendo la posibilidad de estar.
*Columna publicada en la edición #6 de la revista La Quinta Emprende: https://issuu.com/laquintaemprende/docs/lqe-revista6


